viernes, 13 de marzo de 2015

Doña Teresita se fue al cielo

Se fue como ella quería...

Doña Teresita se fue; así como ella quería, porque estaba cansada, y yo la entiendo. Cuando el deterioro físico y mental, supera al espiritual, es lógico que tenés ganas de irte. Se sentía cansada, pero no insatisfecha. Hacía rato que venía pidiendo irse a su cielo... quería encontrarse con su don Raul, que la había precedido súbitamente hace casi diez años.

Venía preparándose paulatinamente para ese trance despojándose de las pocas cosas que le pertenecían. Generosa y avara al mismo tiempo.  Lúcida pero caprichosa. Sus ochenta y cinco años le pesaban. Su botiquín de medicamentos inútiles la agobiaban, pero ocupaban gran parte de su tiempo.

Tiempo que repartía entre rezos y recuerdos; entre charlas reiteradas  pero para ella muy importantes; desfilaban otros muertos, algunos curas, recuerdos de su noviazgo, de sus momentos en el que explotaba su maternidad: nacimientos, bautismos, enfermedades,  y otra vez los infalibles velorios; siempre la muerte presente, aunque era en si misma un ejemplo de vida, y secretamente se aferraba a ella.

Un ritual pesadamente repetido; las visitas domingueras eran mi obligación y mi contacto con ella. No importa si la semana anterior habíamos charlado de lo mismo. Yo trataba de seguirle la corriente, de amenizar la velada que se completaba con mates, y esas insulsas masitas sin sal; porque tenían que ser sin sal... esas hacía bien... las demás eran veneno. Yo trataba de sacarla del temario de muertes, enfermedades, curas, misas y monjas. Le hacía chistes que la acercaban al infarto; pero era bien pilla; cuando no quería ver no veía nada, con su único ojo sano; cuando no quería escuchar cambiaba rápido de sintonía.

Manías propias de una anciana camino a la demencia natural en algunas personas; yo le decía: -·no se va a morir, va a vivir tanto como doña Amalia, mi abuela, ella llegó a los noventa y cuatro·; porque nunca pude tratarla en el coloquial voceo que usamos; siempre de usted; letra aprendida con sangre desde la niñez, en su autoritaria forma de educarnos a los cuatro hermanos.

En esos domingos, siempre la interrumpía en su rezo del rosario; tenía tres de ellos, guardados en sus cajitas; uno le había regalado yo, y le tenía ella especial cariño porque había pertenecido a mi esposa, una santa para mi mamá, pese a la muerte violenta que se provocó, y pese a todos sus principios religiosos.

Para muchos se fue al cielo... unos pocos creen que está en el infierno... otros, tan creyentes como ella, piensan que está de paso por el purgatorio, ese lugar venerado por la vieja, ya que lo recordaba diariamente con las misas que hacía celebrar *por las almas del purgatorio*. 

Yo no soy dueño de la verdad, pero sé bien donde está; guardada en un ataúd de pino cuyo veteado fue realzado por el laborioso trabajo del carpintero; y ese cofre guardado en un mugriento nicho del cementerio local, con número de fila y de puesto; y estará allí hasta que sus despojos mortales vuelvan, como decía el cura Celso en la misa de los Miércoles que iniciaban la cuaresma: *Recuerda que fuiste hecha del polvo y al polvo volverás*


Febrero de 2015

2 comentarios:

  1. Hola amigo querido, me encanta cómo me transportas a la primera fila de butacas para ser espectadora de tu relato...podría leerte por horas.
    Gracias por compartir...te abrazo.

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    1. Gracias querida Marcela... la comunión de espíritus es lo que hace posible esto. Mis besos

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