martes, 16 de diciembre de 2014

Charlas con mi madre


Recibo una llamada de mi madre a mi teléfono fijo. Lógico, tiene que ser el fijo, porque al celular no llama más, y tiene sus motivos. No siempre la atendí cuando lo hizo, ya que lo uso poco y menos para hablar. Me supo reprochar, cuando mi teléfono fijo estaba en reparación, que llamando al celular, según sus palabras: “Tenés siempre allí esas mujeres que dicen que deje un mensaje”… pobre, no quiere entender eso de las grabaciones y el contestador automático.

La charla del llamado se desarrolla de esta manera:

-        -  Hola, como va?

-        - Ah, me conocés? –responde una tímida vos- soy la mamá tuya, vos sos Raul Celso no?... porque yo tenía al otro Raul… Raul sólo… porque le habían puestos un solo nombre… tu papá…

-        -  Sí, sí –interrumpo- ya sé, ya sé…

-        -  Bueno, te quería contar un cuento, que no es un cuento, sino una verdad verdadera… resulta que es tremendo lo que me dijiste ayer… pobrecito… -comienzan los sollozos- ¿cómo vas a hacer eso con tu hijo?

-        -  ¿Qué cosa? –me hago el sorprendido.

-       -   Es tu hijo, y yo no pude dormir anoche…, estuve rezando toda la noche… ¿cómo lo vas a echar?... es el más chiquito… que te está pasando?

-       -   Nada, nada, por favor no pasó nada –digo tratando de tranquilizarla- está todo bien. Solamente que quiero que se cumplan ciertas normas de convivencia, porque estoy podrido de aguantar estas cosas en mi casa, con este mantenido de mierda. Y las pelotas con chiquito, es un boludón de 22 años que parece tener 12. Estoy cansado realmente, pero no pasa nada, no voy a hacer nada.

Este diálogo se produce, porque el día anterior, en mi visita de todos los domingos a la casa de mi mamá, había hecho unos comentarios acerca de la conducta de mi hijo menor, por cierto con toda la bronca que tenía en ese momento. Ella insistió entonces a través de la línea:

-    -      ¿Pero qué te hizo? ¿Te dice cosas feas? … tenés que enseñarle, quererlo mucho, yo los quiero a todos, y rezo siempre para todos…

-      -    Bueno –interrumpo- ya no importa lo que hizo; está todo bien; no pasó nada. Eso hago, lo atiendo todo el día, soy su empleado y el empleado de los otros. Casualmente está durmiendo todavía y no creo se levante pronto… es más no sé si se levantará cuando lo llame a comer.

-     -     Tenés que cuidarlo –insiste, ya en medio de un llanto convulsivo- es tu hijo… pobrecito…

-    -      Lo que voy a hacer de ahora en adelante, es no contarle más ninguna cosa que pase en mi casa con ellos, porque si es para estos problemas, dejémonos de joder.

-      -    ¿Cómo que no me vas a contar? ¿Qué te está pasando? Vos andás mal de la cabeza… -mientras siguen los llantos.

Es todo un tema las confidencias que puedo tener con mi madre, en esas tardes domingueras compartiendo el mate, que hace un tiempo cebo yo, así tengo el control de la frecuencia con que bebo de él, y por sobre todo de la cantidad de azúcar que le agrego, ya que a mí me gusta amargo, y por lo general ella no toma más que uno o dos.


Muchas veces no mido las consecuencias de mis palabras, o el efecto que luego provocan en ella, y por cierto que tengo que reservarme ciertos problemas de mi intimidad familiar, contestando simplemente a su inquisitoria, que todo está bien, súper bien. La charla terminó, con los repetidos consejos de mi mamá y su compromiso a repetir sus oraciones para nosotros, cosa que no dudo hace, aunque dudo de las cosas que piensa mientras recita esos interminables rosarios.    


2 comentarios:

  1. Me encanta tu manera tal coloquial de escribir Raul... me identifíqué mucho con tu relato.
    Gracias...

    ResponderEliminar
  2. muchas gracias Mar Castell... no te abandoné... solo estoy un poco desconectado

    ResponderEliminar

Muchas gracias por tu comentario, el cual en breve será revisado y contestado.